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Chamán, escultura de Karoo Ashevak

El carácter singularmente personal de la espiritualidad inducida por el cannabis

Si le preguntarías a un consumidor de cannabis sobre la religiosidad de su uso o su contenido espiritual, esa persona probablemente te miraría con asombro y se preguntaría si escuchó su pregunta correctamente. La mayoría de las personas que usan la hierba consideran la religión como una institución, una iglesia o un credo oficial, y con frecuencia tienen una opinión negativa sobre lo que sea personas religiosas creen. También sucede que pueden enojarse cuando oyen hablar de un supuesto aspecto religioso de la experiencia cannábica. La religión es algo que los traumatizó y de la que lucharon para escapar y no quieren volver a saber nunca más de ella.

La importancia de la religiosidad de la experiencia cannábica sería discutible si no fuera por el hecho de que su religiosidad es la razón de su prohibición. Esa religiosidad no es el seguimiento piadoso de un pastor espiritual de una fe oficialmente tolerada. Esas creencias se basan en doctrinas y dogmas, verdades irrefutables que nadie se atreve a cuestionar. Estas religiones exigen la sumisión total de sus seguidores y adoctrinan a los fieles en las creencias sagradas. Al hacerlo, refuerzan la personalidad del creyente, elegido para una gloria futura gracias a su creencia. Pero durante la vida de esa persona no hay escape lúcido de la mente y su poderoso maestro, nunca hay un momento de descanso y reunión con el yo más interno, el que todos tenemos en común y nos permite estar en completa paz con el mundo. El espíritu del creyente no es más que una construcción mental. No hace que el cuerpo se sacuda para aflojar el control de las reglas, ni siquiera en el día del Señor de las creencias. El espíritu del creyente es un espíritu muerto, fallecido el día en que los productos que alteran la mente se volvieron tabú.

La religiosidad del consumidor de cannabis, en lugar de construir una personalidad aceptable que conduzca a una recepción post mortem en el cielo, vacía la personalidad de la persona para darle la oportunidad de disfrutar el cielo en la tierra. Para el consumidor de marihuana no existe un mundo sobrenatural - cualquiera que sea - poblado por todos los elegidos, los ángeles y un maestro divino, que disfrutaran ad infinitum de su mutua compañía. La marihuana no aleja al consumidor de la naturaleza, por el contrario, desconecta el cerebro de todo su equipaje cultural, permitiendo que los sentidos funcionen libremente. Los ojos ven lo que se les presenta, no lo que la mente les dice qué ver. Las letras en el frente de una tienda son apreciadas una a una, y solo después de un tiempo su combinación adqiere sentido. Normalmente escaneamos la palabra "tienda de noche" en un segundo y seguimos, o ingresamos a la tienda. También, cuando conocemos a una persona, la escaneamos, y cuando nos relacionamos con esa persona lo hacemos mentalmente, de acuerdo con un conjunto de criterios que mantenemos almacenados en nuestros cerebros, listos para funcionar de manera expeditiva, dejando nuestros sentimientos tanto como podemos fuera de nuestra apreciación. Bajo la influencia de la marihuana, nos vemos inhibidos de usar esta herramienta de mentalización que la sociedad nos ha impuesto, y somos forzados a relacionar directamente con el mundo y especialmente con las personas con las que nos encontramos. Los problemas, el dolor y la angustia se dejan momentáneamente por las construcciones mentales que son, mientras que la alegría del encuentro hace que el corazón salte en alabanza a la vida.